La vida es algo fútil y casi etéreo. Nadie es capaz de comprender en un primer momento la magnitud y complejidad del mundo en el que vive. Es por ello que la juventud es una época maravillosa. El joven piensa, ve y reflexiona sobre todos los defectos del mundo, sobre sus problemas que a primera vista tienen fácil solución. Claro está, a medida que pasan los años comienza a ver una realidad distinta en la que los tonos cálidos y con un fulgor casi infinito se tornan fríos, distantes y oscuros.
El hecho de que la vida pueda ser completamente distinta a esa primera visión juvenil acaba por abrumar a la persona que vive en sus carnes la transformación total de la realidad. Porque llegado a este punto, esas soluciones simples y la vivacidad con la que se proponían han terminado esfumándose de forma permanente y acaba por aceptar un mundo con el que no está de acuerdo.



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