Una nueva vida - Blog de Hache-ijk

Os dejo mi primera historia por capítulos. No es muy larga, son siete solamente. A ver qué parece. Me gustarían críticas tanto malas como buenas, así decido si hacer más relatos de este tipo. Jeje 


 Capítulo 1
 
 
Estaba soñando, sé que estaba soñando. Veía a mis padres, abrazándose. Mi madre se alzaba de puntillas para poder alcanzar los labios de mi padre con una sonrisa; eran felices. Los echaba de menos…
 
 
-¡Viela! ¡Mueve el culo y ponte a trabajar ahora mismo! – La voz de la Señora Harrison resonó en las paredes de mi mente, creando el vacío donde hace unos instantes se encontraba el recuerdo de mis padres. Otro día igual en mi vida comenzó esa mañana…
Abrí los ojos y me obligué a levantarme con el sueño aun dejándose caer en mis párpados. Recogí mis viejas y destrozadas converse y bajé las escaleras lo más rápido que pude. Oh no, la Señora Harrison me estaba esperando delante de la entrada.
-¿Por qué has tardado tanto niña? Hace media hora que tendrías que estar en las calles haciendo lo único que sabes hacer. – Como cada mañana, comenzó a echarme la bronca por el día anterior, nunca el dinero que le llevaba le parecía suficiente.
-Ayer tardé demasiado en reunir la cantidad que me pedisteis, apenas he dormido dos horas. – No sé por qué intentaba darle explicaciones si nunca servían.
-A mí no me des excusas, o reúnes hoy los quinientos euros acordados o te quedarás sin un techo en el que vivir. ¡Encima que mi marido y yo tomamos la cruda decisión de sacarte de ese orfanato! ¿Es así cómo nos lo pagas? Sí, con quejas por tu trabajo. ¡Vete! Y no vuelvas antes de tener todo ese dinero en tus sucios bolsillos. – Me enganchó de la sudadera y me dio un fuerte empujón para sacarme de la casa a la fuerza. Odiaba tener que llamar a eso “hogar”…
 
Como me imaginaba, entonces tampoco me dio nada que llevar a la boca, sentía hacerlo, pero hacerle una visita a Christian era mi única salida para comer. Bajé las escaleras del porche y empecé mi carrera hasta llegar a un puesto de fruta dos manzanas más al este, estaba vacío. ¡Bien! Allí se encontraba Chris, mi salvador, como siempre.
-¡Ey, Viela! – Gritó con entusiasmo. No… Me acerqué a su lado para poder hablar con él.
-Chris, ya sabes que no me gusta que me llames por mi nombre en mitad de la calle. Una chica no dura ni dos horas en esta ciudad si alguien importante se entera de que anda por ahí sola.
-Lo sé, perdona, siempre se me olvida. Lo siento Vie… Lo siento. – Me gustaba la expresión de su rostro cuando pedía disculpas, era tierno entonces. – ¿Hoy tampoco te han dado nada de comer?
-No, sabes que no me gusta tener que recurrir a ti, pero es que ya no sé qué hacer. – Las lágrimas intentaron salir de mis ojos, pero no pude permitirlo, si quería sobrevivir tenía que ser fuerte, o al menos aparentarlo. Chris recogió una manzana y me la otorgó con cara triste.
-No puedo darte más.
-Lo sé, y con esto ya haces suficiente. – Me elevé un poco para poder besarle en la mejilla como muestra de agradecimiento. – Te juro que cuando me largue de esa casa te pagaré.
-No lo hagas, ya te invité a escaparnos juntos y desaparecer de esta podrida ciudad. Si vinieras conmigo…
-No Chris, sabes que no podríamos sobrevivir sin trabajo, y yo con quince años no puedo trabajar mucho, menos aun sin estudios. Y solo tú como frutero no es que sea un trabajo con mucho futuro. – Christian bajó la cara, avergonzado por ese último detalle. Me dolía, pero tenía que aprender que mi respuesta siempre sería no. Si nos hubiésemos escapado juntos, los señores Harrison habrían llamado a la policía diciendo que me habían secuestrado, y por lo tanto, Chris iría a la cárcel y eso no podía permitirlo.
-Ayúdame a ponerme el gorro. – Le pedí para cambiar de tema. Le entregué el gorro negro y me di media vuelta, sostuve la manzana con la boca y utilicé las manos para recogerme el oscuro cabello debajo del gorro mientras él me ayudaba a que no se me viera ni un  solo pelo. Tenía que esconderlo para que nadie descubriera que era una chica, por eso utilizaba ropa ancha, para esconder mis llamativas curvas femeninas. Volví a girar para verle.
-¿Qué? ¿Parezco una chica? – Le pregunté con humor.
-Pareces el chico más barriobajero de toda la ciudad. – Dijo con una sonrisa de gracia. Volví a besarle en la mejilla y salí corriendo hacia el centro mientras mordía la rica manzana de la frutería.
 
 
Capítulo 2
 
 
En unos pocos minutos llegué al centro. A esas horas de la mañana estaba abarrotado de gente, de mucha gente rica. Mis ojos recorrían de lado a lado la acera mientras mi boca apreciaba el sabor de la manzana, fijándome en los pequeños detalles de las personas que por ahí pasaban. Había pasado ya un año desde la primera vez que tuve que robar para el Señor y la Señora Harrison, mucho tiempo, y aun así, me seguía asustando cada vez que tenía que alcanzar una cartera sin ser vista.
Era el momento de empezar a trabajar, me pareciera bien o mal lo que estaba haciendo, no me quedaba otra. Así que fijé mi primer objetivo, una mujer madura de muy buen andar y con un traje de empresa muy elegante. Llevaba el bolso en la mano derecha, a la altura de la pierna; sería fácil.
Sin soltar la media manzana que me quedaba fui en su dirección. En pocos pasos la alcancé, ella ni se había percatado de que yo me encontraba a su espalda. Solo había que alargar la mano y… ¡perfecto!
 
Demasiado rápido llegó el mediodía, y ese día de otoño hacía mucho más frío de lo normal. Estaba sentada en un banco del parque mientras jugaba con los restos que había dejado de la manzana. Había “recaudado” muy poco dinero, ciento veinte euros, si llegaba a casa con tan poca cantidad me esperaría una mala noche. Me hacía falta más dinero, pero es que a esas horas apenas había gente por las calles, y por la tarde no me daría tiempo a conseguir el resto. Y justo, por delante de mis ojos cruzó un hombre que parecía llevar prisa. En esos pocos segundos pude captar un maletín en la mano derecha, en la misma mano un reloj plateado de alto precio, además de unas gafas americanas muy estilosas. Era mi oportunidad, como siempre sólo tendría una, era jugármela a cara o cruz. Salté del banco y me convertí en su sombra hasta que salimos del parque y nos juntamos con la muchedumbre. Cuando redujo un poco el ritmo decidí yo acelerar el mío. En cuanto estuve a punto de rozarle agarré con fuerza el trozo de manzana y lo lancé con cuidado a su derecha. El desconocido giró bruscamente su cabeza en dirección a la fruta y ese era el momento para coger la cartera que tenía en su bolsillo izquierdo. Pero entonces una de sus manos fue a parar a mi muñeca con fuerza.
-¿Qué te crees que haces, chico? – Levanté la vista para mirarle a los ojos, él se quitó las gafas con la mano que tenía libre y continuó. – Soy policía, y tú, vas a acompañarme a comisaría por intento de robo. – Me quedé atónita… ahora sí que estaba metida en un buen lío.
 
Estuve toda la tarde en comisaría, los policías llamaron a mis tutores legales y después de cenar aparecieron por la puerta del edificio. El señor Harrison me lanzó una mirada de pocos amigos al verme sentada junto a un policía. Estuvieron hablando de mí con el policía que me engañó en la calle durante unos cuantos minutos; el Señor y la Señora Harrison crearon su gran fachada de mentiras, contándole al policía que eran un matrimonio dulce y sin hijos, que por eso fueron al orfanato, para adoptar a un pobre niño al que darle amor y, entonces me escogieron a mí. Siguieron explicándole que yo no sabía comportarme por el duro pasado que había tenido y que se les hacía muy difícil el educarme… Una sarta de falsedades que tuve que oír por desgracia.
 
Por fin salimos de la comisaría y nos metimos en la furgoneta que tenían los Harrison para volver a su casa. Y, en cuanto perdimos de vista el edificio policial, comenzó lo que más me asustaba:
-Lo estás haciendo muy mal, niña. Así no nos ayudas, devolviendo el dinero que consigues, aunque sea poco. – El Señor Harrison no quitaba la vista de la carretera mientras me hablaba, estaba muy serio, y podía fijarme en la vena del cuello que le palpitaba como si allí mismo se encontrara su corazón, era una muy mala señal.
Estuve el resto del trayecto callada, cuando paró la furgoneta salí del coche y me dirigí a la puerta sin dedicarles una mirada a ninguno de los dos, bastante asustada estaba ya. La puerta se cerró detrás de mí, entonces sentí una mano apoyarse en mi hombro. Giré sobre mí misma y tuve el tiempo justo para ver la mano del Señor Harrison dirigirse a mi cara y del impacto estamparme contra el suelo.
-Vuelve a fallar como hoy y a hacernos pasar esta vergüenza y…y te juro que te devolveré al mismo orfanato del que te saqué. ¡¿Me has entendido?! – Estaba muy enfadado, muchísimo, y yo no me atreví a levantar la vista. – ¡Ahora sube las escaleras y vete a tu cuarto! – Me levanté de forma lenta y seguí sus órdenes, subí cada peldaño sin ganas, me faltaban fuerzas. Llegué a mi cuarto y al entrar cerré la puerta, quedándome allí de pie unos instantes, antes de caer en un mar de lágrimas del que pensaba que no iba a salir nunca.
 
 
Capítulo 3
 
 
Eran ya las cinco de la mañana y aun no había podido parar de llorar, en silencio, para no despertar a los Harrison. Seguía sentada y apoyada en la puerta, no me había movido de allí todavía, no me atrevía.
Mi vida era un asco, desde que murieron mis padres todo había cambiado. Los servicios sociales me llevaron a ese asqueroso orfanato en el que pasé cuatro largos años. Después, el matrimonio Harrison me adoptó. Pero nunca llegué a imaginarme que me utilizarían para su propio beneficio, cada día tendría que ir  a robar dinero para ellos, sino, ni comida ni agua; no iba ni al instituto ya, no querían pagarme los estudios…
En aquel momento dejé de llorar, ya estaba harta. Sabía que le había dicho a Christian que no iba a escaparme ni con él ni con nadie… Se iba a enfadar mucho, pero tenía que romper mi promesa. No podía aguantar más en esa casa, no sabía cómo lo iba a hacer ni a dónde ir, pero quería salir de allí cuanto antes.
Recogí el gorro negro del suelo y me levanté, fui de puntillas hasta la vieja mesa de madera y saqué a la luz un sobre escondido; en él tenía ahorrados cincuenta euros, no era mucho, pero algo había conseguido robarles a los Harrison. Coloqué el gorro en su sitio, ocultando mi característico cabello y abrí la puerta. Bajé las escaleras con muchísimo cuidado de no hacer ruido, por suerte ambos tienen un sueño demasiado profundo. Sin encender ninguna luz recorrí las paredes del pasillo hasta alcanzar la puerta, por desgracia… estaba cerrada con llave… Tuve que volver sobre mis pasos otra vez al cuarto, no sabía lo que podía hacer. No me quedaba otra: la ventana. Era un segundo piso, pero si quería salir de esa vida, tenía que hacerlo. Levanté con suavidad el cristal y saqué las piernas, tenía miedo a las alturas. Cerré los ojos y apreté los dientes con fuerza, conté hasta tres y me lancé a la oscuridad de la noche que empezaba a llegar a su fin.
 
La caída fue dura y un grito sin aire salió de mi garganta. El dolor me atravesaba la pierna derecha como si de fuego se tratase. Me levanté como pude, intentando que las lágrimas no se asomaran por mis ojos y, andando, me dirigí primero al puesto de fruta. Tardé demasiado en llegar, para entonces ya hubo amanecido; debía darme prisa. Antes de saltar por la ventana había escrito “Gracias” en el sobre, y con miedo de no despertar a ningún vecino, lo coloqué bajo una de las patas de la mesa de la frutería.
 
Muy bien, ahora debía salir de la ciudad. No quería permanecer en ese laberinto mugriento de calles, demasiados recuerdos que quería olvidar. Comencé a andar en dirección sur y un camión llamó mi atención. Tenía el motor en marcha y el conductor apoyado contra el capó. Me acerqué intentando que no se diera cuenta de mi presencia y por la matrícula descubrí que pertenecía a alguien de un pueblo no muy lejano a la ciudad, se encontraba a unos cuarenta kilómetros. No dudé ni un instante, y cuando el conductor subió al vehículo, me agarré con fuerza a la parte trasera y el camión empezó a circular por el asfalto de la ciudad.
 
Cuando llegamos a una rotonda por mitad trayecto y el camión redujo la velocidad, salté del vehículo, caí con la pierna derecha sin querer y de nuevo el fuego me recorrió el cuerpo por la columna vertebral. Era un dolor insoportable. Salí de la carretera y me senté en la tierra de uno de los campos de alrededor. Lentamente, remangué el pantalón para poder ver aquello que me dolía tanto. La herida aun sangraba, y no tenía muy buena pinta la verdad. Me quité la sudadera y rompí parte de la tela de mi camiseta para poder tapar la herida. Volví  a colocarme la sudadera y empecé a andar en dirección al pueblo, no estaba muy lejos, por lo que fui con calma y a la velocidad que me permitía ir mi pierna herida.
No debía de llevar mucho tiempo andando que empezó a llover. Genial, eso era lo que me faltaba. Continué mi camino y en muy poco conseguí llegar al pueblo, las calles estaban desiertas por la fuerte tormenta que caía. Busqué un refugio y entre las callejuelas del pueblo, encontré una puerta de madera de un tamaño colosal cubierta por un arco. Decidí sentarme allí y descansar hasta que amainara la lluvia. No sabía qué hora debía de ser, aun por la mañana, pero el sueño hacía estragos sobre mí. Cerré los ojos un instante, tan sólo uno y, cuando volví a abrirlos, la visión había dado un cambio radical inesperado.
 
 
Capítulo 4
 
 
Estaba trastornada, no entendía lo que había pasado, ni lo que veía a mi alrededor. Me encontraba en una cama, grande, con sábanas blancas y de tacto suave. Me erguí extrañada, observé el entorno y deduje que estaba en una casa, una casa de alguien importante, pues la estética estaba entornada en el origen medieval. Los muebles eran de madera, con un decorado tallado a mano. Parecía un sueño.
-Oh, despertaste. – Di un salto del que me caí de la desconocida cama en la que me encontraba, seguí con la vista de donde provenía aquella voz femenina y hallé a una mujer de mediana edad, su rostro era agradable. – Perdona, no quería asustarte pequeña. – “Pequeña”… aquel apodo me hizo darme cuenta de que mi cabello caía sobre los hombros y el pecho, donde se encontraba un camisón de tela muy bonito. Los ojos mostraron mi asombro y empecé a sentirme muy nerviosa y asustada.
-No, no te asustes, no voy a hacerte daño. Ven, siéntate en la cama y te lo explicaré. – La mujer me ofreció su mano para ayudarme a levantarme, la acepté ya que me seguía doliendo la pierna, entonces me di cuenta de que la venda improvisada de mi camiseta había sido sustituida por una real. Me senté en la cama junto a la mujer.
-Mi nombre es Alice, y trabajo como ama de llaves en esta casa, bajo el servicio del Señor Alan. Ayer, cuando fue a salir por la puerta, te encontró dormida en la entrada del arco bajo la lluvia. Vio que ibas vestida con ropa sucia, que estabas herida y que temblabas de frío, así que decidió darte cobijo hasta que despertaras. – Estaba perpleja, y al ver que no contestaba continuó con la explicación. - No te preocupes por la ropa, yo fui quien te cambió. Te curé la herida y te metí en la cama de esta habitación, la de invitados.
No podía creerlo, aquel hombre parecía alguien muy rico, y me había ayudado sin ni siquiera conocerme… nunca antes me había ocurrido que alguien me ayudara sin motivo, a demás de Christian.
-Dime pequeña, ¿cuál es tu nombre? – Seguí sin contestar, no sabía por qué, pero no me atrevía. - ¿No puedes hablar? – Dije que sí con un movimiento tímido de cabeza, no sabía cómo comportarme. – Entiendo, estás aun aturdida. ¿Tienes hambre? Acompáñame, te presentaré al Señor Alan.
Entonces el corazón me dio un vuelco, si no había conseguido decir palabra con aquella mujer, cómo iba a hablar con un hombre puede incluso que aun más mayor que ella, porque con ese nombre… muy juvenil no parecía. De nuevo, la voz de la mujer cortó mis pensamientos:
-¡Ah! Casi se me olvida, toma, te he traído una camiseta y un vaquero de mi hija para que te vistas. Lo siento, tu ropa estaba destrozada. – No me lo podía creer, ¿me estaba ofreciendo ropa? ¿Sin nada a cambio que darle? Era imposible… - Te dejaré sola para que puedas vestirte, cuando acabes; baja las escaleras y entra en la sala de la izquierda, allí está el comedor. Te esperaré allí.
Alice desapareció por la puerta dedicándome una sonrisa. Todo esto era muy extraño para mí, pero cuando pensé en la comida… descubrí que me moría de hambre, no había mordido nada desde ayer. Miré la ropa, realmente me gustaba, pero no era mía, así que en cuanto no me hiciera falta se la devolvería a aquella chica. Me la puse muy rápido y, antes de pasar por la puerta, vi un espejo encima de la cómoda. Por inercia fui a verme reflejada en él, hacía mucho que no me veía con el pelo suelto, mis ojos castaños y brillantes disfrutaron con esa visión. Ahora sí que era Viela.
 
Seguí las instrucciones de la ama de llaves y bajé las escaleras, mientras tanto, observaba cada rincón del hogar, gozándola con el estilo medieval que tenía… realmente era alguien con mucho dinero.
Fui al salón, tal y como me dijo la mujer, pero no me atreví a entrar, sino que asomé la cabeza por el umbral de la entrada. Y allí estaba él, un veinteañero de pelo castaño y ojos de color dulce, sentado en una de las numerosas sillas de la mesa mientras jugaba a…¡a la Xbox!... Increíble,… ahora sí que estaba segura de que era un sueño. Entonces giró el rostro hacia mí y me sonrió. Ay, Dios, … ¡era guapísimo!
-Así que ya te levantaste, eh. – Se levantó para recibirme, no sabía dónde meterme, pero quería desaparecer. – Mi nombre es Alan. – Se presentó ofreciéndome la mano para estrechársela.
-Vi-Viela… - Respondí yo con demasiada timidez para mi gusto mientras le sujetaba su fuerte y firme mano.
-Entra, por favor, me ha dicho Alice que estás hambrienta. – Y allí estaba ella, sentada en una de las sillas con un plato de fruta delante, enseñándome una silla a su lado para que me sentara. Alan me recogió por la espalda para que no tropezara y me acompañó hasta la silla, para luego sentarse en frente de mí.
Alice me acercó el plato de fruta y me susurró con voz dulce que comiera un poco. Al ver un conjunto de manzanas no pude evitar coger una con ansia y comencé a morderla sin parar. Me detuve de golpe al caer en que ninguno de los dos me quitaba la vista de encima, dejé lo que quedaba de la manzana, que no era mucho, en el plato.
-Lo siento, además de que me ayudáis no debería comportarme así. – No miré a ninguno de los dos, y entonces oí una risa que provenía del señor de la casa.
-Si no me cuentas lo que te ha ocurrido no podré decidir si debes o no comportarte así.
-Yo siento decir que debería irme a mi casa a ayudar a mi marido, Señor Alan. Le dio un beso en la mejilla y a mí me dirigió una sonrisa. – Nos veremos esta noche.
 
Cuando oímos el golpe de la puerta al cerrarse Alan se levantó de su silla y se acercó a mí, se inclinó para tener su cabeza a la altura de la mía. Eso me ruborizó.
-No hace falta que me expliques ahora lo que te ha ocurrido si no te sientes con fuerzas, pero sólo te voy a hacer dos preguntas: ¿Estás huyendo de algo? ¿Has hecho algo malo?
No entendía a qué venían esas preguntas, pero ya que me había ayudado era lo menos que podía hacer el contestar a sus cuestiones.
-Sí que estoy huyendo y no, no he hecho nada malo… al menos  no de la forma que creo que está pensando, no he herido a nadie.
-¡Estupendo! – Dijo eso con una sonrisa de diversión y se irguió para dirigirse a la silla donde jugaba antes a la Xbox. Ahora sí que no entendía nada…
-¿Es-es-estupendo? Perdone, pero… no le entiendo.
-Digo “estupendo” porque si estás huyendo, quiere decir que no vives en la calle y eso es bueno, y si no has hecho nada malo quiere decir que no estás esquivando a la policía. ¿Me equivoco? - Negué con la cabeza, impresionada por su deducción. – Y una cosa más, no me trates como tu superior, me hace sentir viejo. – Siempre sonreía, era… extraño y diferente. Volvió a encender la pantalla y se sentó en la silla. Me miró de nuevo ya que me había quedado ahí plasmada por su soltura al hablar conmigo.
-¿Te apetece jugar? Es un juego de lucha y me hace falta un compañero de juego.
Me levanté despacio y me senté en una silla a su lado, él me tendió un mando y me explicó los controles. Le dije que nunca antes había jugado a un juego de esos y él dijo que no pasaba nada, que no sería duro conmigo, aquello volvió a sonrojarme.
La partida transcurrió rápida, nombrándome a mí ganadora. Alan me miró impresionado y sólo dijo:
-Así que Viela, ¿eh? ¿Viela…?
-Sólo Viela, mi apellido ya no tiene significado. 
 
 
Capítulo 5
 
 
Esa tarde fue increíble. Realmente se portó bien conmigo Alan, estuvimos jugando a la Xbox todo el tiempo. Luego, sobre la hora de cenar volvió Alice con una bolsa más de ropa para mí, junto al mayordomo de Alan, el Señor Edward, pero todos le llamaban Ed.
Cené la comida más deliciosa que había probado en toda mi vida, todo era genial, cogí un poco de soltura ya que me sentía más cómoda y hablé con los tres. Ya que a la mesa también se sentaban Alice y Edward, que eran pareja.
 
Durante la cena fue momento de explicaciones. Les conté mi vida empezando cinco años atrás, desde la muerte de mis padres a manos de un ladrón, suena cómico que yo sea una ladrona conociendo ese dato; continué explicándoles mis años en el orfanato hasta que me adoptaron los Harrison. Seguí con el año que pasé con ellos y escapándome para hablar con Christian, que era el único que conocía ese secreto. Y por último, terminé con los días anteriores, desde que me cogió el agente hasta que Alan me encontró en la entrada de su casa.
Cuando hube terminado, Alice se llevó una mano a la boca en señal exclamativa por mi infancia.
-Pobre niña… - Dijo con mirada triste. – Hay que hacer algo con esos dos malechores. – Los dos hombres asintieron demostrando su acuerdo.
-¡No! ¡No! No, por favor no lo hagáis. Me he ido, seguramente nunca los vuelva a ver. Por favor, no hagáis eso, sino me devolverán a un orfanato.
-Pero las autoridades deben de conocer este caso. – Explicó Ed para intentar convencerme.
-Bueno, lo hablaremos mañana, por ahora vas a pasar aquí una temporada hasta que tomemos una decisión. – Alan me dirigió una mirada de orden, no de proposición. Agradecía lo que estaba haciendo por mí.
-Nosotros deberíamos irnos ya, Señorito Alan.- Anunció Ed.
-Vamos, amigo, ya sabes que no quiero que te dirijas a mí de esa forma. No te sientas mal, pero tú eres bastante más viejo que yo. – Ambos se rieron con ese comentario, se notaba que se querían mucho.
 
Antes de irse, le pedí a Alice que le diera las gracias a su hija por prestarme tanta ropa.
-No es prestada, sino regalada. No tienes nada para ponerte, así que esto te ayudará un poco. Ella ya es más mayor y está estudiando fuera, así que no le importará. – Y me guiñó un ojo.
Cuando se fueron, Alan y yo nos quedamos solos en el salón. Fui a recoger mi plato pero él me detuvo. Colocó su mano sobre la mía e hizo un poco de presión para obligarme a dejar la vajilla donde estaba.
-No, déjalo. Yo recogeré la mesa, tú vete a acostar. La verdad es que lo necesitas. – Su mirada siempre era tierna.
-Pero…
-Tira. – Dijo con tono alegre. Yo me levanté de la silla dándole las gracias con la mirada y fui a salir de la sala pero me detuve. Giré sobre mí misma y me quedé quieta observando a Alan.
-¿Qué ocur… - Rompí su pregunta lanzándome a sus brazos entre lágrimas, no pude evitarlo, llevaba demasiado tiempo reteniéndolas. Susurraba muchos “gracias” seguidos entre los sollozos, él se quedó atónito con mi repentino comportamiento, pero lo aceptó y me devolvió el abrazo a la vez que me besaba la frente con ternura.
 
Una vez hube terminado con mis lloriqueos le miré muy avergonzada mientras me separaba de él y empecé a sonrojarme.
-¿Podría… ducharme antes de acostarme? La verdad, me siento un poco sucia… - Le expliqué mientras cogía un mechón de mi pelo con cara de asco.
-Por supuesto, está una puerta antes de tu dormitorio. Buenas noches. – Cogió mi rostro entre sus manos y me besó de nuevo en el mismo lugar.
 
 
Capítulo 6
 
 
Aquella noche tuve un sueño: me veía a mí con seis años en brazos de mi padre, no paraba de reírme. Mi madre se nos acercó y me besó la nariz con gracia mientras sus labios susurraban “Feliz cumpleaños Viela.”
 
Me desperté inquieta; mi cumpleaños…
 
Me vestí con los mismos vaqueros que el día anterior, pero esta vez elegí una camiseta blanca con letras negras gigantes “I LOVE ROCK N’ ROLL!”. Creo que la hija de Alice y yo coincidíamos en gustos a la perfección.
Bajé las escaleras, y oí una voz a mi espalda.
-Buenos días por la mañana, Viela.
-…Buenos días, Alan. – Respondí con un poco de retardo y me quedé quieta esperando que me alcanzara. -  Alan, ¿hoy es ocho de Octubre?
-Em, si no fallan mis cálculos, sí, sí es ocho de Octubre. ¿Por qué? – Noté curiosidad en su tono.
-Porque entonces, hoy cumplo dieciséis años.
-¡Eso es estupendo! Muchas felicidades. – Se acercó a mí y me abrazó con mucha fuerza. – Habrá que celebrarlo. – Empezó a saltar las escaleras como un niño pequeño y salió corriendo hacia la cocina. Pude oír como le daba la noticia a Alice y Ed.
Fue día de celebraciones entonces, aunque pude escaquearme después de la comida para poder explorar la casa. Era preciosa, en cada rincón había alguna temática antigua, muy bonita. Por supuesto no entré en las habitaciones cerradas, pero en las que no lo estaban sí. Me sentí como una niña pequeña en un mundo nuevo.
 
Cuando me sentí satisfecha con mis nuevos descubrimientos volví al salón y alguien me tapó los ojos por detrás. Di un grito agudo.
-Tranquila, soy yo. – Reconocí la voz de Alan. - ¿Estás lista para mirar al frente?
-¿Para mirar el qué? – Dije un poco con el corazón en la garganta. Alan apartó sus manos de mis ojos y vi a Alice y Ed sujetando un paquete envuelto con un lazo. Alice se acercó a mí con el regalo.
-Ábrelo, por favor. – Su sonrisa era brillante.
Seguí su orden con entusiasmo, y encontré un precioso vestido negro de tirantes. Me quedé helada cuando lo vi colgando de mis manos. Abrí los ojos cuanto más pude demostrando así mi admiración por el regalo.
-Pe-pero… Es precioso.
-Perteneció a nuestra hija y queremos que te lo quedes. – Me explicó Ed. Alan me cogió del brazo y me dirigió escaleras arriba hasta mi habitación. De un empujón me metió dentro y antes de cerrar la puerta dijo.
-Te lo quiero ver puesto ya. Cuando estés, sal.
Ay Señor… no me ponía un vestido desde que tenía unos ocho años. Eso iba a ser toda una prueba de fe. Al dejar el vestido sobre la cama vi otro paquete envuelto sobre ella. Lo abrí y en su interior había unas botas muy bonitas que quedaban por debajo de la rodilla.
Reí feliz al no esperarme tal sorpresa y empecé a cambiarme entusiasmada.
 
Una vez estuve lista me coloqué delante del espejo. El vestido se ajustaba a mi cuerpo perfectamente, parecía como si me lo hubieran hecho a medida. La visión me fue extraña, pasar de una sudadera ancha y unos pantalones rotos a un vestido ajustado y elegante fue un paso muy grande. Pero me sentía bien, muy, muy bien.
 
Salí de la habitación, Alan me esperaba apoyado en la pared. Cuando me vio, se despegó de ella y, atónito, empezó a aplaudirme sin quitarme el ojo de encima. Empecé a ruborizarme, sintiéndome una señorita de la alta clase.
-Estás guapísima. – Yo le sonreí a modo de respuesta.
Bajamos las escaleras, y tanto Alice como Ed se alegraron de verme con el vestido puesto.
-¡Bellísima! – Exclamó Ed con acento italiano. – Nosotros nos tenemos que ir, pero por la noche estaremos aquí. Vosotros disfrutad de este día, por favor.
Les di las gracias a los dos junto con un abrazo a Alice, entonces volví a sentirme dentro de una familia.
 
Alan les abrió la puerta para salir, pero no la cerró. Es más, me invitó a salir a fuera. Estuvimos toda la tarde por el campo, Alan me enseñó el pueblo y me contó su historia. Guardaba un montón de datos en la cabeza, y ello me dejó impresionada.
Antes de que anocheciera nos sentamos en un árbol y él me contó la historia de su vida: sus padres habían muerto siendo él un niño muy pequeño, así que Alice y Ed lo cuidaron junto a Helena, su hija; Ed y Alice son como sus segundos padres. Cuando ya tuvo la mayoría de edad, se trasladó a la casa de sus padres y la renovó completamente, pero el matrimonio sigue yendo a ayudarle todos los días como he podido comprobar. Ahora, se gana la vida trabajando en el campo junto a los demás habitantes del pueblo.
-¿Qué edad tienes entonces? Yo me imaginaba que tendrías los diecisiete o dieciocho como mucho.
-Tengo ya veintiuno. – Rió con ganas. Después de esta respuesta estuvimos un rato callados hasta que yo me atreví a preguntar:
-Alan, ¿por qué me acogiste? Me refiero a que… ¿por qué me ayudaste sin ni siquiera conocerme? Podría haberte robado si hubiera sido otra ocasión. – Reconocí con tristeza. Él se lo pensó mucho y al final respondió:
-Porque eres la viva imagen de mi hermana. Ella era mayor que yo, también murió en el accidente de coche que sufrieron mis padres, con quince años. – Dijo todo de refilón mirando al infinito. Yo le estreché la mano con fuerza.
-Lo siento, y también gracias, por no abandonarme. – Él me miró con la felicidad de siempre, se puso de pie e hizo una graciosa reverencia con la que no pude evitar reírme.
-Felicidades otra vez, Señorita Viela. – Se rió a carcajada limpia. – Venga, vámonos, nos deben de estar esperando para cenar, y yo te aviso; Alice en las celebraciones se pasa con la comida.
Me ofreció la mano para ayudarme, yo la acepté sin pensármelo y nos fuimos juntos de camino a su casa con nuestras manos entrelazadas.
 
 
Capítulo final
 
 
Al llegar al pueblo ya avistamos la casa, y nos encontramos con Ed y Alice discutiendo en la puerta con una pareja. ¡NO! …
Me asusté y me paré en seco, Alan dirigió su mirada de los desconocidos a mí varias veces y entonces lo entendió todo.
-Ven, no tengas miedo. – Me susurró al oído mientras me sujetaba la mano con firmeza. Ambos nos encaminamos hacia Ed y Alice y… los Señores Harrison.
Cuando la Señora Harrison me avistó en la distancia dio unos golpes en el hombro a su marido para que mirara en mi dirección también. Aun con los pasos que nos separaban pude notar su mirada cabreada clavarse en mí como una aguja y me paré en seco, no pude evitarlo.
-¡Hija de…! – Me insultó el Señor Harrison mientras se acercaba a mí a zancadas. Cuando estuvo a punto de tocarme, Alan se interpuso entre él y yo.
-¿Quién eres tú? – Pregunto enfadado mi tutor legal.
-El joven que os va a denunciar a usted y a su mujer como no se alejen de esta chica. – Yo estaba muerta de miedo, mi mirada iba dirigida al suelo. – Márchese de aquí y deje a Viela en paz.
-Ella es mía, niño, los papeles lo demuestran. – Amenazó el Señor Harrison. Alan empezó a enfadarse y recogió mis dos manos con la suya.
-Mire, yo sé lo que le hacían a Viela, esas dos personas de allí también lo saben, por lo que si ponemos una denuncia podrán testificar perfectamente. Ustedes, ambos, irán a la cárcel por abusar de una menor y maltratarla, además de aprovecharse de la herencia de sus padres. Si no quiere que eso le ocurra, ya está desapareciendo de mi vista, y rompiendo el contrato que establece que usted es el tutor legal de Viela, porque ella no se lo merece. – Me quedé con la boca abierta con las palabras de Alan. El Señor Harrison se quedó con la palabra en la boca, no supo qué decir y comenzó a ponerse nervioso.
-Puñetera niña…- Susurró. – Total, tú ya no nos sirves, hoy cumples dieciséis años, con esa edad ya puedes valerte por ti misma. – Me lanzó una mirada amenazante y dio media vuelta, cogió a su mujer por el brazo que también me dirigió una mirada de pocos amigos. Ambos se metieron en la furgoneta y el Señor Harrison encendió el motor, para salir del pueblo y no volverlos a ver nunca más.
 
Cuando vi desaparecer el vehículo por la curva de la carretera caí rendida al suelo. Alan me sostuvo con cuidado y me susurró palabras para tranquilizarme, “Eres libre.” fue una de ellas.
Me levanté con su ayuda y los brazos de Alice me rodearon con mucha fuerza mientras gritaba de felicidad cerca de mi oído. Al terminar ella con los ojos llenos de lágrimas de alegría, fue Ed quien me abrazó, yo le di las gracias mientras sus brazos me rodeaban.
Nos metimos en la casa, yo fui directa a sentarme en el sofá, estaba exhausta. Alice se me quedó mirando.
-Ya puedes descansar, pequeña. Porque esta noche va a haber celebración por dos: tu cumpleaños y tu independencia.
-Y tercera: porque va a vivir aquí conmigo. – Intervino Alan mirándome fijamente. Yo clavé mi mirada en la suya, sin creerme lo que había oído. – Si quieres, claro.
Mi cabeza empezó a decir sí una, y otra, y otra, y otra vez, mientras me lanzaba a sus brazos entre lágrimas.
Ed y Alice nos miraron con una sonrisa y se dirigieron a la cocina para preparar la cena.
 
Yo no podía soltar a Alan, no cabía en mi asombro… vivir con Alan.
-Todo ha pasado ya. – Dijo en un tono bajo mientras me acariciaba el cabello.
-Gracias a ti. - Dije yo levantando la vista hacia él. - No sé qué puedo hacer para…
-Solamente quédate aquí conmigo, Viela. No quiero que te vayas. – Me suplicó con una mirada dulce y cálida. Yo asentí de nuevo con impaciencia.
En ese momento le bajé el rostro con las manos y le di un fuertísimo beso en la frente para acabar dirigiéndole una sonrisa. Él me la devolvió con cariño.
-La Viela ladrona ha desaparecido, ahora vuelvo a ser Viela Rud, retomo el apellido de mis padres. – Anuncié orgullosa de mi victoria.
Alan me liberó de su abrazo y empezó a aplaudirme. Yo hice una reverencia exagerada y di la vuelta para dirigirme al sofá.
Mas, Alan no me permitió llegar hasta él, ya que me abrazó por la espalda y apartándome el cabello de la oreja me susurró notando su aliento en mi cuello:
-Gracias por quitarte la máscara, Viela.
Cerré los ojos y sonreí al escuchar esas palabras. Era cierto, por fin, me había quitado la máscara.

8 Comentarios

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Espero ver mas relatos tuyos
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He colgado otras dos historias más recientes en el blog ^^ Puedes pasarte cuando quieras
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ME gustó tu relato, y buena naraciín, dinámica
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Vaya! Muchas gracias de verdad ^^ Quería escribir sobre aquellas vidas que no pueden disfrutar su libertad como se merecen, y acabó saliendo esto
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De veras me gusto tu relato. simple, dinamico, corto. Mas que relato, es un cuento, por su extensión
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De nuevo te doy mil gracias 
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No digas de antemano que tu escrito no le gustara a la gente, porque se prejuicia y muchas veces ni lo leeran
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Oh, gracias ^-^" ahora lo cambio. 
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